Vivir sin miedo

Vivir sin miedo

Para comenzar, quiero compartir con vosotros este cuento incluido en el libro “Vivir es un asunto urgente” del Dr. Mario Alonso Puig:

El señor de las tinieblas

En una ocasión, el Señor de la Tinieblas convocó en su tenebroso palacio a los más encarnizados enemigos del hombre y se dirigió a ellos de la siguiente manera:


—Llevo miles de años intentando destruir al hombre. Para ello,  he creado todo tipo de conflictos y guerras pero cuando parecía que al final lograba lo que tanto anhelo, aparecía Él y evitaba que el ser humano desapareciera de ese planeta.
A veces aparecía disfrazado de sonrisa, otras de una mano amiga e incluso a veces de una simple palabra de consuelo y, sin embargo, a mí nunca me engañó porque supe que tras los mil disfraces se ocultaba mi más terrible enemigo, el Amor.
Entregaré la mitad de mi reino a aquel de vosotros que me traiga el cadáver del Amor entre sus brazos.

Uno de aquellos siniestros personajes se abrió paso a golpes entre la multitud, se postró ante el Señor de las Tinieblas y gritó:

Gran señor, yo soy quien te traerá el cadáver del Amor entre mis brazos, yo soy su enemigo natural, porque yo soy el Odio.

—Ve, amigo mío, y haz mi sueño realidad y gozarás de la mitad de todo mi reino.

En una esquina de aquel salón, oculto tras una columna, un personaje vestido de negro y con un gran sombrero que le tapaba el rostro esbozó una extraña sonrisa.

El odio partió ante la envidia de muchos. Los años pasaron y el Odio regresó cabizbajo y ante el Señor de las Tinieblas manifestó su derrota:

—No entiendo, gran señor, he creado desavenencias, malentendidos y todo tipo de agravios y cuando parecía que mi triunfo estaba cercano, aparecía Él, y al final todo lo suavizaba, todo lo arreglaba.

Tras el odio fueron la Pereza, la Rutina, La Desesperanza y muchos de los peores enemigos del hombre y, sin embargo, todos ellos al final fracasaron.

Súbitamente, se abrió paso entre la multitud aquel silencioso personaje que vestía de negro y que tenía un sombrero que le tapaba el rostro.

—Yo soy quien te traeré el cadáver del Amor entre mis brazos.

—Todos antes que tú han fracasado y tú, a quien ni siquiera conozco, pretendes triunfar. No me importunes, todo está perdido.

Aquel extraño personaje partió.

Pasaron años y de repente se presentó ante el Señor de las Tinieblas con el cadáver del Amor entre sus brazos.

—Lo has logrado, has conseguido lo imposible, tuya es la mitad de mi reino, pero, por favor, antes de partir dime quién eres.

Aquel personaje se quitó solemnemente su gran sombrero y con un susurro que, sin embargo, hizo temblar a todos los presentes, dijo:

—Yo soy el miedo.

Miedo y esperanza

¿Quién no siente miedo? El miedo es una emoción básica del ser humano, y es útil y necesaria, ya que nos previene de posibles peligros y contribuye a que nos pongamos a salvo para sobrevivir. Por tanto, el miedo no es el problema, sino lo que hacemos con nuestro miedo .

Momentos de incertidumbre y amenaza como el que estamos viviendo pueden arrojarnos al abismo del miedo y la ansiedad, y aunque es natural y humano sentir miedo, necesitamos regularlo para que no se vuelva tóxico y nos paralice. Es por tanto una cuestión de gestión emocional.

Me gusta la frase que dice que “ser valiente no es no tener miedo, sino avanzar y atreverse a pesar del miedo”.  Es decir, el miedo nos va a acompañar toda la vida, y es positivo que así sea, pero la función que debe cumplir y el espacio que debe ocupar lo tenemos que determinar nosotros. Si permitimos que tome el control y condicione nuestras respuestas, resulta incapacitante; pero si lo aprovechamos para actuar con cautela, prudencia y sensatez, es un gran compañero de viaje.

Está demostrado que los peores traumas no son los experimentados tras desastres naturales o accidentes, sino los que tienen relación con otros seres humanos. Si nuestro cerebro registra que la amenaza es nuestra propia especie nos quedamos desamparados, sin refugio;  es como aprender que no existe lugar seguro en el mundo, y eso nos puede generar un gran impacto emocional.

Estos días veo miedo en los ojos de la gente cuando voy a comprar o me cruzo con algún vecino en la escalera, que evita incluso la conversación a distancia, para “huir” cuanto antes del encuentro. Me preocupa que las medidas de distanciamiento social propicien que arraigue en nosotros el miedo al otro; resulta doloroso escuchar constantemente que debemos evitar el contacto humano. El miedo es fuente de estrés, desgaste y malestar. Somos seres sociales y necesitamos relacionarnos, establecer vínculos, estar en contacto con otros y formar parte de sus vidas.  Propongo precaución y serenidad frente al miedo y la desesperación, como herramientas para afrontar la incertidumbre y los desafíos actuales.

Confío en que seamos capaces de acometer el futuro con templanza y no nos asuste retomar la ternura, la confianza, las muestras de cariño, la proximidad… para no hacer de la palabra, el beso y el abrazo una amenaza para nuestras vidas; porque entonces, la pandemia de desamor y soledad, será todavía peor.

El miedo se combate con amor, confianza e ilusión; la vida continúa y se abre paso, y todo lo que deseamos alcanzar nos está esperando…  al otro lado del miedo.

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